Bueno, en realidad creo que estoy muy sobrevalorado en casi todos los aspectos. No quiero decir que crea que la gente tiene una opinión demasiado positiva de mí. Sé que en realidad no me apreciáis en absoluto y que pensar peor de mí os resulta complicado ( :P ). Pero hay determinadas cosas en las que me resulta muy molesto la manera en que se me sobrevalora. Una de ellas es, sin lugar a dudas, lo que sé. No me refiero a mis conocimientos generales, en cosas tales cómo puedan ser vehículos motorizados, arquitectura, diseño… aunque he de reconocer que sobre éstos temas también me tiro el pegote de vez en cuando, y como mucha gente dais por supuesto que se de ello, os lo tragáis sin rechistar (en mi defensa diré que muchas veces acierto o no me desencamino demasiado). Pero, como decía, no me refiero a éste tipo de cosas, sino a lo que sé sobre vosotros.

El ejemplo perfecto se remonta a cuando estudiaba industriales (porque sí, yo durante un año fui un “industrioso”). Una amiga se traía algo entre manos. Era ciertamente secreto, y tampoco voy a contar mis sospechas porque, por un lado, no vienen a cuento, y por otro, no es alguien con quien mantenga relación ahora mismo así que tampoco importa mucho. El caso es que nunca tuve ni idea de qué era. Sí, se le daba muchas vueltas al tema y, como buenos “críos” de 18 años que éramos (y, siento decirlo, pero en especial ella), nos andábamos mucho con la coñita de qué le pasaría, y tal y cual (respecto a nuestro grado de infantilidad, baste decir que ésta chica volvió de una fiesta de la universidad cantando su particular versión del “Laura no está”, de Nek, sobre la incipiente relación de la delegada de clase con un amigo). Pero, por alguna razón, la gente, y en especial ella, creían que yo sabía a ciencia cierta qué pasaba. Y eso que desmentí numerosas veces dicho rumor. El hecho de andar siempre por ahí, callado, daba la impresión de que conocía los secretos del personal que me rodeaba. En cierto modo, me hacía gracia.

Pero el caso es que la cosa sigue por derroteros similares. La gente, en general, piensan que yo sé muchas cosas. Que ando atento a todo lo que veo y me dicen, por muy de pasada que sea, y lo recuerdo. Y no podría ser más falso. En realidad, mi capacidad de atención es tremendamente limitada. Soy capaz de estar al lado de alguien y no oírle, y si le oigo hay muchas posibilidades de que en realidad no procese la información que recibo, en especial si se trata de algo que no se me dice a mí directamente. Y si me entero, al menos la mitad de esa información se pierde gracias a mi escasa memoria. Si todo esto se produce un día que salgo por ahí, las posibilidades de que no retenga la información se acercan peligrosamente al 100%. Si hablamos de nombres, soy capaz de superar ese 100% y adentrarme en el siniestro mundo de acordarme de nombres que realmente no se me han dicho y ni siquiera se parecen al nombre real.

Y, dicho sea de paso, la combinación de no saber nada y que la gente crea que sabes demasiado lleva en ocasiones a situaciones realmente tensas. Sí, ése tipo de conversaciones que, como las clases de un profesor que no recuerdo, empiezan con un “como decíamos ayer” (o fórmulas equivalentes). Generalmente consigo capearlas como puedo. El hecho de ser un tipo callado ayuda, y no es tan difícil conseguir que la gente diga lo que tiene que decir para que “recrees” ese recuerdo sin que parezca que la vez anterior no te enteraste de nada. Es decir, muchas veces la gente me saca del atolladero sin percatarse. También reconozco que en ciertas conversaciones me rindo y doy por hecho que no me enteraré de lo que se me habla, y actúo como si lo supiese sin saber de qué narices va el tema. Como soy un tipo orgulloso, el que pida que se me refresque la memoria no es habitual y se limita a casos en los que intuyo que la cosa puede ser muy importante, beneficiosa o negativa para mí. Aunque, así leído, sueno como una persona horrible.

Pero, bueno, eso no me importa reconocerlo. Sí, soy una persona horrible.