El pasillo oscuro estaba iluminado de forma débil y parpadeante por la luz del mechero. En las paredes, las luces y las sombras jugaban en un baile tenebroso, haciendo aparecer monstruos por el rabillo del ojo. Monstruos. Valiente tontería. Recordó cuando era más pequeño y creía que los monstruos acechaban en el armario, bajo su cama, o simplemente en los rincones más oscuros de su habitación. No se podía decir que aquellos fueran tiempos mejores, ni más felices, pero sin duda el tiempo y la perspectiva ayudan a teñir de rosa los sucesos que anidan en la memoria, especialmente aquellos que se esconden en lo más profundo. Sin embargo, en ocasiones, los recuerdos del pasado vuelven de la manera más vívida, y esos monstruos que habíamos descartado como miedos infantiles reaparecen ante nosotros reencarnados, de una manera menos monstruosa pero no por ello menos aterradora. Por eso estaba allí, deambulando por los pasillos oscuros del colegio con su Zippo cómo única compañía y protección.
El colegio que veinte años atrás había conocido como la palma de su mano, se le aparecía ahora, con el paso del tiempo y con la ayuda de la noche, como un lugar completamente desconocido. Le costaba imaginar a los niños corriendo de un lado para otro, las risas, las peleas, los juegos infantiles. Ahora lo único que veía eran las paredes, sucias y deterioradas por el abandono. Las puertas de las aulas, entreabiertas algunas, simplemente rotas las mas, daban paso a pequeños refugios de oscuridad. Los pupitres estaban tirados por los suelos, las pizarras rotas. Pintadas obscenas decoraban las paredes, haciendo sucias referencias a la educación, o a los profesores, o a temas que nada tenían que ver.
Al llegar al final del pasillo encontró las escaleras. Al subirlas, evitó sujetarse al pasamanos, que a la luz del mechero parecía estar deseoso de soltarse y dejar caer al primer incauto que intentase utilizarlo como apoyo. Subió las escaleras lentamente, asegurando cada paso, rozando la sucia pared para dejar que le guiase. Cuando llegó a la planta de arriba, supo que su objetivo estaba cerca. La parte más supersticiosa de él juraría que podía sentirlo, que si hubiera cerrado los ojos y dejado a sus piernas ejercer su propia voluntad habría llegado sin tan siquiera dar un sólo traspié.
Sin embargo no lo hizo, y prefirió ser él quién guiase a sus piernas hacia su objetivo. Subió el mechero para que iluminase los marcos de las puertas y comprobar que se acercaba a su objetivo. Al pasar por delante, flashes de la gente que había estado en ellas llegaron a su mente. Amigos, conocidos, gente que le juró odio eterno. Al pasar frente a una de las puertas, se detuvo. Ya había llegado. La última clase en la que estuvo antes de tener que cambiar de domicilio y alejarse para siempre de aquel lugar.
El caos en su interior era el mismo que en el resto, y un súbito miedo a no lograr su objetivo pasó por primera vez por su mente. Con el mechero quemándole ya la mano, se cercioró de que no había nadie. Luego se acercó al centro del aula, y rememoró los momentos pasados en ella. La nitidez de sus recuerdos le abrumó y se descubrió sintiéndose casi como si atendiese de nuevo a las clases de matemáticas de aquella profesora tan estrafalaria. Tras unos momentos en que dejó pasear sus recuerdos, un leve ruido, quizás algún animal correteando por los pasillos o el propio edificio asentándose debido al deterioro causado por los años le devolvió a la realidad, a la oscuridad, la suciedad y el mal olor del presente.
Ayudado por el mechero, buscó por los suelos, mirando en cada pupitre. En cierto modo ya sabía que el último que mirase sería el que buscaba. Por alguna extraña razón siempre es así. Pero ello no sirvió para que alterase el orden de su búsqueda, porque de haberlo alterado lo que buscaba seguiría estando en el último pupitre.
Y así fue. Por fin encontró el suyo. Lo enderezó, junto a la silla más cercana que había tirada por el suelo. Sabía que ambos estaban sucios, pero le dio igual. Los colocó en la posición que ocupaban hace ya tantos años, y se sentó en el, mirando hacia la pizarra, ahora tirada en el suelo y rota en varios trozos. Una lágrima rodó por su mejilla, mezcla de nostalgia y de alegría por haberlo encontrado. Pasó su mano por la madera vieja, llena de marcas, del pupitre. Sin duda era aquél.
Apagó el mechero y dejó pasar las horas sentado allí, llorando en silencio. Cuando por fin empezó a iluminarse el mundo, minutos antes del amanecer, se levantó, tumbó el pupitre y comenzó a golpearlo con su pierna, hasta que saltaron los tornillos y la tabla superior cayó. Luego la cogió bajo el brazo y, ésta vez sin la ayuda del mechero y paseando por un mundo mucho menos tenebroso, salió del colegio. Cuando llegó afuera, ya había amanecido del todo y el mundo volvía a tener la misma luz de siempre. Esquivó la grúa que había en medio del patio y se acercó a su coche, aparcado en la calle. Echó un último vistazo a la tabla que portaba bajo el brazo. Sin duda era la que buscaba. Allí estaba, en una esquina. Solapándose con otra infinidad de rayas talladas con compases, tijeras o bolígrafos, se leía claramente aquel primer “te quiero” con que obsequió a su actual esposa. Finalmente, metió la tabla en el maletero, y condujo a casa, feliz de saber que había logrado salvar aquella declaración de amor de la demolición del colegio. Seguro que sería un bonito regalo de aniversario.


Clap, clap, clap, clapclap, clapclap, clapclapclap…
El público aplaude enfervorizado…
P.D.Se consigue, apunta una crítica positiva: “Me ha molado”
Dicho por Kike el 10-08-2007 a las 11:31
Pues a mí no XD tengo la sensación de que he malgastado una hora escasa de mi vida en ello… el principio parece un poco fuera de lugar y luego lo resuelvo todo con dos malas frases… pero en fin, tampoco me iba a pasar todo el día con él…
Dicho por chemapeich el 10-08-2007 a las 14:58
Pues no está mal, para lo rayado que estoy ahora xD
Dicho por Miky el 10-08-2007 a las 19:53
Me ha molado, esta muy bien, te felicito tio
Dicho por Xavi el 11-08-2007 a las 1:12