Ayer ví Primer. Y, sinceramente, me gustó mucho. Como nexo con mi anterior post, Primer también habla sobre los viajes en el tiempo, aunque desde una perspectiva totalmente diferente a como lo hace Donnie Darko.
Pero, al contrario que el recientemente difunto Paco Umbral, yo no he venido aquí a hablar de la peli. Sino de viajes en el tiempo, y todos esos asuntos que los rodean. Supongo que la primera fase sería distinguir entre viajes en el tiempo con retorno o irreversibles. Si no queremos volver, viajar al futuro es relativamente asequible. Basta con vivir simplemente: eso ya constituiría un viaje al futuro. Y si no, si queremos acelerar el proceso, siempre nos quedan los viajes a velocidades relativistas o la criogenización. Si pensamos en los viajes a alta velocidad, puede parecer algo muy lejano, pero en realidad quiero pensar que no estamos tan lejos de conseguir ese tipo de viajes a velocidades cercanas a la de la luz. El gran problema es que la industria aeroespacial no existe prácticamente. Y las agencias con financiación gubernamental, pese al enorme presupuesto del que disponen, están demasiado atadas a la opinión pública, a lo políticamente correcto, y tampoco tienen el verdadero empeño de llegar más lejos, porque ello no les supone un verdadero beneficio. Por razones como ésas, cosas que podrían haber dado paso a grandes avances en el tema, como el motor nuclear NERVA, fueron destruidas de raíz. Ahora es cuándo examináis un poco el diseño y la idea detrás de NERVA y me decís que es una castaña. Y yo diré que, efectivamente, es una castaña, pero desarrollado por gente con menos escrúpulos y menos influenciada por la opinión pública, podría haber dado lugar a desarrollos más interesantes de la energía nuclear como método de propulsión. En cambio, seguimos anclados en vetustos propulsores a base de combustibles líquidos o sólidos, que no nos llevarán a ninguna parte. Y menos al futuro.
Pero, volviendo a los viajes en el tiempo, mucho más complicado es el tema de los viajes al futuro con retorno incluído. Para ello suele parecer que lo más apropiado sería algún tipo de agujero de gusano. Algo que nos permita viajar al futuro para luego posteriormente pasar por él en la dirección contraria y regresar a nuestro tiempo. Seguramente, si es posible realizar viajes en el tiempo con retorno, debería ser de alguna manera que ahora mismo desconocemos (o al menos yo desconozco). Desde luego la capacidad de crear agujeros de gusano de una manera utilizable y controlada parece estar muy lejos de nuestra capacidad actual, no hablemos ya de elegir el tiempo y lugar de destino con algún grado de precisión.
Pero sea ésta o otra técnica la que se llegue a usar para los viajes en el tiempo, hay un detalle que se suele pasar por alto en la imaginería popular, en teoría el punto del pasado más remoto al que podemos aspirar a llegar es al momento de construcción de la máquina del tiempo. Pongamos, por ejemplo, que creamos nuestra máquina del tiempo, en base por ejemplo a un agujero de gusano. La manera factible de tener control sobre ese agujero de gusano sería que éste conectase dos puntos temporales distintos de nuestra máquina del tiempo. Así, en teoría, sólo podríamos llegar como punto más remoto al punto de construcción de nuestra máquina, y como punto más lejano al momento de su destrucción, aunque ésto sí que podría “apañarse”, viajando un poco antes del punto en que ya no podemos viajar y evitando su destrucción. Intervencionismo temporal con fines egoístas en toda regla, pero se podría hacer.
Aún nos queda hablar de cosas como las típicas paradojas. En realidad, yo soy de la opinión de que son imposibles. En cierto momento de mi vida leí que si viajáramos al pasado, cualquier acción nuestra que pudiese cambiar hechos que conocemos nos resultaría irrealizable. Ésto es así gracias a la maravillosa mecánica cuántica. Recordemos el gato de Schrödinger. Según ésta paradoja (leérosla que me resulta hasta cruel de contar) el gato podría estar vivo o estar muerto, no lo sabremos hasta que abramos la caja. Pues bien, abramos la caja, y veremos que el gatito está muerto. Como a parte de experimentar con la cuántica somos unos desalmados, hemos metido dentro al gatito de nuestra hija, y ahora se pasa el día lloriqueando por los rincones. Ser un desalmado no implica que nos guste oír llantos, por lo tanto decidimos viajar al pasado y salvar al gatito. Salvo que la incertidumbre de si el gato se salvará o morirá sólo dura mientras no conocemos el resultado. Pero como en el futuro ya hemos abierto la cajita, el gato morirá seguro, y no hay nada que se pueda hacer por salvarlo. Asímismo, con la clásica paradoja del abuelo, como sabemos que en el futuro nuestro abuelo está vivo (o, al menos, que estaba vivo hasta después de concebir a nuestro padre), si viajamos al pasado para matarlo y negar nuestra propia existencia, la mecánica cuántica impedirá que muera, porque la incertidumbre de si lograremos nuestro suicidio sólo existe si no conocemos el resultado, y en éste caso ya sabemos que viviremos, para nuestra desgracia.
Y si no os gusta la mecánica cuántica, siempre nos quedaran los universos paralelos, o las múltiples líneas temporales, o muchas otras teorías. Y si no, siempre se puede decir aquello de que las paradojas temporales no se pueden dar porque lo digo yo. No es muy válida como teoría, pero oye, queda rotunda.

