Ayer me enteré de una de esas noticias que te dejan un poco desconcertado. La muerte de Juan Antonio Cebrián. A muchos supongo que el nombre les dirá poco, pero es uno de esos personajes que, una vez conoces su vida y obra, generan simpatía. Hace bastantes años que el único programa de radio que me gustaba era el suyo. La Rosa de los Vientos.
El programa lo comencé a escuchar hace un número indeterminado de años. Sí que recuerdo cómo lo conocí. En aquella época mi padre debía pasar por la época en que escuchaba el programa nocturno de deportes de onda cero. Por alguna razón, me debió hacer gracia y debí escucharlo hasta que acabó, y entonces empezó La Rosa. Y me convertí en rosaventero. La gracia que tenía el programa es que hablaban de mil y un temas, y casi todos interesantes. En él cabía desde la historia (relatada inmejorablemente por el propio Cebrián en sus Pasajes de la Historia) hasta la parapsicología, pasando por el cine, el mundo del espionaje y la política… en fin, casi cualquier cosa tenía su cabida.
Y con el paso de escucharlo durante años, los contenidos siempre fueron a mejor, nunca a peor. Siempre había algo interesante que descubrir con el programa. Obviamente, siempre había alguna cosa que se salía de tus intereses, o con la que no estabas de acuerdo, pero en general el regusto con el que te dormías cada noche era el mejor. Y mira que yo, con temas como la parapsicología, y pese a que produce cierta fascinación en mí, siempre he sido de lo más crítico, pero el enfoque que usaban tenía al menos cierto criterio, y no dejaba la sensación de que te estaban contando algo que ni ellos creían. O que considerases que nadie en su sano juicio podría creer, claro.
Y el encargado de unir tan variadas piezas era Cebrián. Y lo hacía estupendamente. Pero ya no está entre nosotros, el sábado día 20 un infarto se lo llevó. Descanse en paz. Se echará de menos su voz en las madrugadas, o en mi iPod, que es como solía escucharlo últimamente gracias a los podcasts… Una gran pérdida que, desgraciadamente, mucha gente no habrá llegado a notar.

