Pues sí. Como dice el título, la ciencia ficción se equivocó.

Actualmente, seguramente haya mucha gente que se encontrará muy decepcionada del mundo en que vivimos. No tenemos coches voladores, los viajes espaciales no son algo habitual, no hemos llegado a las estrellas, y un gran etcétera. En cambio, los coches siguen teniendo ruedas y utilizan motores esencialmente iguales que los de la primera mitad del siglo XX. El ser humano no ha ido más allá de la Luna, y tan sólo un puñado de veces hace cuarenta años. Y los turistas espaciales se pueden contar con los dedos de las manos.

Ya sabemos que para 2019 no habremos llegado al nivel de Blade Runner, no tendremos replicantes trabajando en minas en asteroides lejanos, nuestros coches no volarán ni el mundo será tan agobiante. Tampoco tenemos un mundo abiertamente dominado por corporaciones comerciales, como vaticinaban tantas novelas de ciencia ficción catastrofistas o como insiste el ciberpunk. Los robots sólo se ven en fábricas, y no se parecen en nada al ser humano, y los escasos robots humanoides que hay no dejan de ser “juguetes de feria”, esencialmente muy cercanos en su espíritu a los autómatas que tanto gustaban en el siglo XIX. Lo más parecido a un robot útil que cualquiera puede comprar hoy en día, es un cortacésped que se dedica a golpearse con las paredes, un perrito que da volteretas o un armatoste con forma de alienígena que nos informa de que tenemos correos electrónicos.

Obviamente no hemos entrado en contacto con razas extraterrestres, no estamos en guerra con ellos ni nada parecido. En lugar de usar ampliamente la energía atómica, seguimos teniéndole el mismo miedo irracional que hacía que la radiación crease hormigas gigantes en las películas de los años 50, aunque afortunadamente las armas nucleares no se han vuelto a usar contra nadie desde la segunda guerra mundial, y sólo se han detonado en zonas de pruebas alejadas de la población y que no han dado lugar a ningún lagarto gigante “estilo Godzilla”. Elementos habituales de la ciencia ficción, como aviones supersónicos o incluso hipersónicos, que permitiesen vuelos regulares transoceánicos en cuestión de minutos o escasas horas, fueron probados y desechados por su elevado coste. Los aviones de combate siguen siendo básicamente igual de rápidos que los de los años 60, no usan armas láser y, en muchos casos, tienen perfiles de ala básicamente iguales a los de entonces, como las alas delta.

Tan sólo la informática y la genética parecen llevar un desarrollo no muy lejano al que se podría esperar en la ciencia ficción. Nuestros ordenadores son más potentes de lo que se esperaba, y están más extendidos, aunque “desgraciadamente” no utilizamos ineficientes interfaces 3D de realidad virtual, y seguimos tecleando con los teclados QWERTY aún cuando no tiene sentido ya el usar una organización de teclas que ralentice el tecleo porque ya no hay máquinas de escribir que atascar. Y no tenemos humanos mutantes, aunque a cambio tenemos peces fluorescentes y hay empresas que se dedican a ofrecer la clonación de la amada mascota familiar recientemente muerta. Ética, lo llaman, aunque algunas personas la confundan con la caduca moral cristiana y pretendan evitar ciertos avances en absoluto dañinos e inmorales.

¿Algún día viviremos en el futuro que soñamos, o seguiremos decepcionados eternamente, sin saber valorar aquellas cosas en las que nos adelantamos al futuro?